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Natación

Daniel Ponce: un 10 como nadador, un 15 como persona

Daniel ponce, un nadador espectacular... y una grandísima persona
José García, .

No es sencillo describir a Daniel Ponce Jiménez: ni siquiera explicar de dónde es… ya que nos encontramos ante un nadador nacido en Valencia; con origen familiar en Cirat (Castellón), que forma parte del Club de Natación Llíria (localidad en la que reside); que estudia en Torrent, que trabaja en San Antonio de Benagéber y que entrena en la Piscina de Benaguasil; es un chico de 22 años que compite en aguas abiertas como un auténtico pez, y que tiene una capacidad para superar competiciones durísimas sin perder la ilusión ni la pasión por este deporte; con todo, Daniel un chaval muy maduro, pese a su edad… y muy sensible, pese a las apariencias. Es todo corazón.

Al Daniel Ponce ‘deportista’ lo venimos siguiendo desde hace mucho. Sabemos de sus éxitos deportivos y hemos narrado algunos de sus épicos triunfos…. pero queremos acercarnos más a su vertiente ‘personal’, indagar en sus sentimientos y comprender qué motiva a una persona de su edad a someter a su cuerpo a auténticos maratones de natación… siendo la última ‘locura’ en la que se inscribe una prueba enorme: recorrer 81 kilómetros en el río Ganges, en la India, en donde se enfrentará a las aguas más insalubres de todo el mundo… durante más de 11 horas, con toda probabilidad.

Dos figuras muy relevantes
Ni somos psicólogos ni pretendemos analizar la personalidad de este joven nadador, pero es evidente que dos figuras han marcado su vida. Por un lado, su padre… por otro, su tío Manuel. El primero es todo un ejemplo de disciplina: “Mi padre descubrió, siendo yo muy niño, que tenía ciertas aptitudes para la natación. Se encargó de motivarme y siempre ha sido exigente. Le estoy muy agradecido. Recuerdo que participé en una prueba, cuando tenía unos 6 años… y, al finalizarla, me quejé porque me habían picado varias medusas. Mi padre torció el gesto y me dijo: ‘¡Eso no es nada, hombre! ‘Otra vez al agua!’. Y de nuevo me metí en el mar. Entonces comencé a darme cuenta de lo mucho que disfrutaba nadando…”.

Su tío Manuel es una persona por la que Daniel Ponce siente verdadera devoción: “A mi no deberías entrevistarme, yo soy un chico corriente… ¡mi tío si que es una persona increíble! Le dijeron que no volvería a andar… y no sólo vuelve a hacerlo, sino que ha escalado, conmigo, un pico de más de 7.000 metros en Argentina. Él sí es un luchador extraordinario. Nunca se rinde, da igual qué retos se le presenten durante la vida: los afronta todos y de todos aprende. Por supuesto, todos los supera. Mi tío Manuel es una persona que me inspira, lo admiro mucho y siempre me ha apoyado un montón. Es como un hermano, un confidente y un amigo”.

“Si no nado, me subo por las paredes”
Cuando le preguntamos cómo puede dedicar tantas energías a su pasión por la natación, se encoge de hombros: “Tampoco es nada fuera de lo normal, ¿no? Simplemente me gusta nadar… eso sí, si algún día no entreno, me subo por las paredes. Me cambia hasta el comportamiento del cuerpo, en diversos ámbitos. Pero, insisto, soy una persona normal”. Una persona normal, que estudia, trabaja y entrena en la piscina una media de cuatro horas al día… “Bueno, si lo dices así…”, contesta sonriendo.

“Lo que sí admito es que mi cabeza siempre está pensando en ‘clave natación’. Estoy trabajando, y pienso: ‘Cuando acabe, recojo mis cosas y me voy a la Piscina’. O bien: ‘Hoy no he comido mucho, eso es bueno, estaré más ágil cuando vaya a nadar’. O cuando voy en coche, de camino a las clases de ‘Ciencias del Deporte’, estoy pensando: ‘En todo este rato, podría haber estado haciéndome tantas piscinas’. En fin, sí tengo muchas horas en mente la natación. Es una pasión, me da mucha satisfacción participar en estas pruebas y medir mi fortaleza en el agua…”.

“Nadar me permite viajar”
La vida de un deportista como Daniel Ponce no es sencilla: “No, porque soy ‘semiprofesional’. No me dedico a ello, sino que le dedico yo muchas horas sin recibir prácticamente nada a cambio. Hablo, claro, en clave económica. Las vivencias personales sí se acumulan, y para mi no tienen precio”. Durante varios años, hubo algunas empresas de Llíria (Grupo Servireixes, Piscinas H2O) que le prestaron alguna ayuda económica, que Daniel invertía sus donativos en comprar (con muchísima antelación) los billetes para participar en pruebas que se disputaban meses después en Polonia, Francia, Países Bajos, Serbia o Grecia… “Aparte de lo mucho que me gusta nadar, practicar este deporte me permite viajar y conocer otras culturas. Jamás he ganado dinero con la natación; simplemente, me ha ayudado a cubrir una parte de mis gastos”.

Además de las citadas empresas, Daniel Ponce está muy agradecido a Decathlon San Antonio de Benagéber (“el lugar en donde trabajo y que siempre me ha dado facilidades”) y la empresa iAltitude (“que me ofreció unas condiciones que me permiten entrenarme con ellos; si no, me resultaría totalmente imposible”). Daniel se siente en deuda con los gestores de la Piscina de Benaguasil, “que me han habilitado un espacio óptimo para poder entrenar… y, de nuevo, en unas circunstancias muy ventajosas para mi. Aparte, tengo que hacer constantes ‘escapadas’ a pantanos, para poder prepararme bien para las pruebas. Y no sólo hablo de las distancias, también debes adaptarte a las condiciones en las que ingerirás alimentos y líquidos durante cada competición”.

La motivación de Daniel
Cuando uno habla con Daniel Ponce, se pregunta cómo se puede competir tantas horas en solitario… o con la compañía de sólo una persona: “Sin ellos, sería imposible. Su presencia te hace no rendirte, te transmite fuerzas… además, te ayudan en el avituallamiento. En cualquier caso, siempre te gustaría tener más gente a tu lado… gente a la que quieres, que si estuviera cerca de mi… me ayudarían a estar más centrado en cada brazada”.

Daniel suele motivarse, durante las carreras, con música. Sigue el ejemplo de David Meca, según parece: “Es que, nadando 5, 6, 7 horas… tienes que mantener el ritmo… y lo más sencillo es recurrir a alguna canción. Lo que pasa es que sueles entrar en ‘bucle’, y es complicado quitarte de la cabeza alguna canción. Lo malo es que suelen meterse en tu cerebro canciones que te disgustan…y acaban desquiciándote, porque no puedes dejar de escucharla en tu mente y no puedes frenar su marcha. Es una situación divertida”, nos comenta entre risas.

La familia de Daniel suele estar también muy presente en su mente, cuando éste compite: “Pienso en mis padres, en mi novia… y en mis primos. Tengo ocho, y todos me quieren muchísimo… igual que yo a ellos. Les encanta que les cuente mis historias de cuando voy a competir por el mundo. A mi me emociona ver su entusiasmo, y trato de compartir con ellos mis experiencias. Yo no me considero una persona nada diferente del resto, por lo que me daba mucha vergüenza… especialmente al principio. Ni siquiera tengo el cuerpo de un nadador estándar: mido 1,73 metros y peso 72 kilos… cuando el perfil suele ser de tallos de 1,90 metros. Pero supongo que suplo esas desventajas con mi pasión. Y también con el apoyo de mi gente más próxima, que me respalda en todo”.

Público entusiasta… y grandes experiencias vitales
Aunque la ‘ultranatación’ no es un deporte mayoritario, sí cuenta con un público creciente y muy fiel: “Es algo yo diría que muy cultural. Muy de ciertas poblaciones y gentes, que han crecido y vivido durante generaciones junto al mar o a un río. En España, no hay nada como el ‘Descenso a Nado de la Ría de Navia’: es toda una fiesta, hay muchísima gente animando a lo largo de los 5 kilómetros que dura la prueba… hay que vivirlo. Luego, cuando competí en Grecia (en el ‘Cruce del Golfo de Toroneos’), me resultó emocionante ver cómo nos animaba la gente: se notaba un gran respeto que sentían por vernos competir en aquella prueba. Eso es un ‘subidón’ de adrenalina… apenas puedas andar, cuando llegar a la playa… sólo te faltan unos metros para alcanzar la línea de meta, pero esa gente te da fuerzas suficientes para atravesarla, con sus gritos y vítores”.

Le preguntamos a Daniel por algún momento mágico, mientras disputaba alguna competición. Se lo piensa durante un instante y pronto encuentra el recuerdo concreto: “Haciendo el ‘UltraSwim Formentera-Ibiza’. Son 30 kilómetros. Yo iba concentradísimo con mi ritmo… y, de repente, me cruzo con una tortuga. Pero una tortuga grande, ¿eh? Me quedé sorprendido. Conservo las imágenes grabadas con una cámara. Veo a la tortuga, totalmente sorprendido… y ella se me queda mirando a mi. Imagino que no habría visto antes a un ser humano, no sé… luego me enteré que es de una especie en peligro de extinción… Y lo tuve claro: debía acercarme a ella y tocarla; fue raro, porque una persona como yo… que siempre piensa en entrenar y competir, me vi dejando a un lado la carrera y nadando detrás de una tortuga. Fue algo increíble: ella giró la cabeza, y pensé que debía ser un animal centenario… la dejé en paz, porque no quería molestarla, y volví a la competición. Pero esa experiencia no me la iba a perder; siempre hay más carreras, ¿pero cuando vas a cruzarte e interactuar con un animal así, en mitad del mar?”.

El reto del río Ganges
Cruzar a nado una distancia de 81 kilómetros, en el río Ganges, no es cosa sencilla. De Valencia a Villarreal, para que los lectores y lectoras se hagan una idea, hay unos 78 kilómetros. Así que hablamos de tres kilómetros más. Y no en coche, ni en bicicleta: nadando, nadando. Daniel Ponce braceará y moverá sus piernas durante más de 11 horas, hasta que logre cruzar la línea de meta. Y lo hará prácticamente a ciegas: “Me han dicho que, bajo el agua, no ves más allá de tu codo. Así que deberé orientarme a partir de lo que vea antes de sumergir la cabeza bajo un agua bastante turbia, de un color pardo oscuro”. Y es que el río Ganges, sagrado para muchos habitantes de la India, es un lugar al que se arrojan cenizas (de los cuerpos de los difuntos), cadáveres de animales (incluso de personas), y un sinfín de elementos que no contribuyen precisamente a hacer de sus aguas un sano ecosistema: más bien todo lo contrario.

“El peligro existe, evidentemente. Voy a pasar más de 11 horas en unas aguas muy insalubres. La corriente suele ser fuerte, y arrastra incluso árboles. Las aguas son profundas y el peligro de infectarme con cualquier enfermedad es muy real… si cualquier objeto me provocara un corte. Además, como la temperatura del río estará en torno a los 30 grados, no podré competir con un traje de neopreno… ¡porque memoraría de calor! En fin, no me quiero preocupar con todo lo que rodea a esta prueba. Me centraré en completarla y disfrutar de esa experiencia. Será una vivencia más, y espero poderse la contar a mis nietos…”, comenta sonriente.

El recuerdo más emotivo
A lo largo de la entrevista, Daniel repite constantemente el nombre de todas aquellas personas que le ayudan a poder estar viviendo su sueño como nadador: “¡Hay mucha gente y no quisiera olvidarme de nadie!”. Aparte de sus padres, su tío Manuel y su novia… aparecen nombres como el de José Luis Larrosa, otro de los ídolos de Daniel: “Es una persona a la que conocí siendo yo un chaval de 16 años, y con quien disfruto mucho… entrenando y compitiendo. He acudido a muchas pruebas con él y me parece un referente. Es un nadador excepcional, y también un hombre que usa la natación como terapia para cierto tipo de personas. Da charlas y es un crack”.

De forma casual, Daniel nos habla de una niña de 14 años: Silvia. La conoció dando una charla en un centro de educación de Llíria. “Cuando acabé de hablar, vino y me pidió un autógrafo. Yo no sabía ni qué responderle. Por supuesto, se lo firmé. Tiempo después, supe que sufría cáncer. Comencé a tener una relación de amistad a través de las redes sociales. Ella tenía como un canal, en el que actuaba con total naturalidad. No se la veía preocupada por su enfermedad… o, al menos, aparentaba una gran serenidad. Me dejaba alucinado su coraje y determinación”.

Nuevo silencio. Daniel baja la cabeza y con un rostro compungido es incapaz de articular palabra. Solloza y se le quiebra la voz, cuando intenta hablar. Le resbalan un par de lágrimas por las mejillas: “Silvia murió hace unos días. Cuando me enteré, no supe ni cómo reaccionar. Aún no lo he acabado de asimilar. Era una niña increíble, nunca conoceré otra persona tan especial. La tendré en mi mente siempre, y espero que me vea competir el próximo 27 de agosto… desde el cielo. Ella decía que me admiraba, pero soy yo quien la admiraba a ella: era una luchadora, una valiente y una gran persona… aún siendo sólo una niña”.

Como decíamos al principio de este reportaje, Daniel Ponce es una persona difícil de catalogar: un portento físico, un gran competidor, un trabajador infatigable… y un individuo sencillo, modesto y muy sensible: posee un corazón de oro y su faceta deportiva (incluso siendo espectacular) sólo es una pequeña parte de su gran historia vital. Te deseamos mucha suerte, Daniel. Tu forma de ser enaltece la profesión de quienes acercamos al público las historias de otras personas. Como te dijimos, al final de nuestro encuentro, “esperamos estar a tu altura”. Sabemos que será difícil.

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